La clase de Educación Física, infierno o solución para el ‘bullying’: “No entendía lo que era hacer el vacío hasta que me vi sola en mitad del campo”

DVD 847 (31-05-17). Madrid. Reporteje sobre colegios que imparten una educacion alyernativa. Centro Padre Piquer. © LUIS SEVILLANO

“Hubo muchos pequeños detalles, pero el primero y más significativo lo descubrió su profesor de Educación Física. Lucía no quería ir a la clase de gimnasia ni cambiarse en el vestuario. La traumatizaba imaginarse objeto de las burlas de los demás, que comparasen su cuerpo con el de las otras niñas, correr menos o con peor estilo; en definitiva, no estar a la altura y ser parodiada. Unas veces le gritaban: ‘Gorda, fea, das vergüenza ajena’ […]. Otras, reían a carcajadas cuando la veían con pantalón corto; otras, cuando estaban en clase, le decían: ‘¿Te has mirado al espejo, asquerosa?’. Todo ello en susurros, para que no les oyera el profesor”. Así se empieza a contar la historia de Lucía, …

una adolescente que se suicidó a los 13 años en Murcia en 2017, en el libro Todos contra el bullying, de María Zabay y Antonio Casado (Alienta Editorial).

Y tal vez este caso, o quizá alguno muy parecido, fue uno de los que hace unos años impresionaron de tal manera a Sixto González, profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, que le impulsaron a investigar sobre el acoso escolar en general y, en particular, el que sucede en torno a la clase de Educación Física. Un espacio, explica, “muy visible, muy material” en el que resulta inmediatamente evidente la diferencia (el que es más gordo, más desgarbado, más bajo, más torpe…), que es una de las bases sobre las que empieza a emerger el bullying.

González —que hace dos semanas publicó en The Conversation junto a la investigadora Mercedes Chicote-Beato un artículo titulado ¿Por qué hay más casos de acoso en la clase de Educación Física?— explica que esta materia, que se imparte en espacios más abiertos, menos regulados y controlados que el resto, es un ambiente más propicio para el nacimiento de unas situaciones de acoso que luego se pueden llegar a propagar no solo al aula o a los pasillos y el recreo, sino mucho más allá. “A partir de los 10 años, empiezan a tener móvil y, mediante redes sociales, WhatsApp, etcétera, las agresiones pueden prolongarse 24 horas al día. Si el niño no se lo cuenta a un adulto, a su profesor, a sus padres, el asunto va engordando y puede llegar a derivar en un problema serio de salud mental, de depresión, de ansiedad, estrés e, incluso, en casos extremos, de suicidio”.

En un contexto en el que el acoso es un problema extendido en los centros escolares —en torno a un cuarto de los alumnos de primaria y secundaria cree que hay bullying en su clase, según la última encuesta de la Fundación Anar—, y en el que un 78% de los jóvenes españoles dice haber sufrido violencia durante su infancia mientras practicaba deporte —según un estudio en varios países europeos de la Universidad de Hill, en Reino Unido—, los conflictos pueden empezar con un acto sutil. O por una intervención externa irreflexiva por parte de un profesor, de un padre.

De hecho, lo que impulsó al profesor de primaria asturiano Víctor Borja a investigar el acoso en la clase de Educación Física fue un conflicto que arrancó fuera del colegio. “Yo era entrenador de un equipo de fútbol de niños y, un día, un padre se me acercó y me dijo que solo debía sacar a jugar a los buenos y dejar a los malos siempre en el banquillo”. Él nunca lo hizo, pero la actitud de aquel hombre empezó a generar unas tensiones en el resto de los padres que se contagiaron a los niños y se trasladaron al colegio, donde todos eran compañeros.

Borja habla de agresiones más evidentes, como los insultos, y otras más sutiles, como la del chico o la chica a la que eligen siempre en último lugar a la hora de hacer equipos. Precisamente, la artista y periodista canaria Victoria Suárez cuenta que el día que fue consciente de que estaba siendo víctima de acoso por parte de sus compañeros de primaria fue uno en el que se quedó sola, en medio de un campo de fútbol que le parecía gigante, porque nadie le había elegido para su equipo. “Yo no sabía lo que era hacer el vacío, pero allí en medio, completamente sola, lo entendí”, revive hoy, con 25 años, más de una década después de aquello.

También hay quien rememora experiencias parecidas, pero agravadas por la actuación de los propios docentes. Por ejemplo, una joven, que prefiere no dar su nombre, que recuerda cómo un profesor de Educación Física de primaria se metía con un muchacho por su olor corporal, o cómo otra docente de la materia, ya en secundaria, no solo no hizo nada, sino que azuzó las “continuas mofas de compañeros a lo largo de los años” hacia ella, y llegó a suspenderle la asignatura porque no hacía deporte fuera del colegio.

Alejandro Pérez, de 24 años, cuenta una historia parecida en un contexto en el que sus compañeros de primaria se metían con él porque se le daban muy mal los deportes. “Cuando mis padres se quejaron, el propio profesor se metió conmigo, dijo que yo era muy torpe, que nunca se me iba a dar bien ningún deporte y que era normal que hubiera rifirrafes”, cuenta Pérez, que jugó después durante años al baloncesto federado y hoy es entrenador de ese deporte.

En todo caso, aparte de que sería absolutamente injusto señalar a todo un colectivo por las malas experiencias de algunos alumnos, lo cierto es que los investigadores coinciden en que las cosas han cambiado y siguen cambiando a gran velocidad. “Hay profesores mucho más formados”, dice Borja. Y añade González: “Sinceramente, creo que sí que se ha avanzado bastante, pero queda todavía mucho por hacer, sobre todo en los centros escolares. Hay que sensibilizar mucho más a la sociedad, desde los padres hasta los profesores. E incluyendo al alumnado. El problema está en que muchas veces cuando un colegio o un equipo directivo, que es el que se ocupa de ello, habla con los padres de un niño que acosa, la primera reacción es: ‘Mi hijo no hace eso”.

La profesora de Universidad de Córdoba Rosario Ortega, uno de los indiscutibles referentes en el estudio del acoso escolar, lleva varios años investigando sobre bullying y Educación Física. “Siempre lo había tenido como una intuición, pero desde que hacemos estas investigaciones hemos comprobado que, efectivamente, hay una cierta especificidad del escenario y de la tradición educativa. Primero, porque sucede fuera de las aulas, normalmente en un espacio amplio, abierto, haciendo actividades en las que el cuerpo importa, en el sentido de que se exponen, en alguna medida, el que es gordito, el que no es muy bueno, el que sí es muy bueno, en los que aparece la competitividad propia de la actividad deportiva… Y, aunque muchos profesores tienen una línea de trabajo por la convivencia, por las buenas relaciones interpersonales y tal, no ha sido siempre así”, explica Ortega.

La profesora ha conducido estos trabajos junto a Juan de Dios Benítez, investigador de la Universidad de Córdoba con larga experiencia como docente de Educación Física en secundaria, y Francisco Córdoba, orientador escolar y también profesor asociado de la misma universidad. “Nosotros, aunque no nos hemos centrado en eso, hemos visto que, efectivamente, hay un poco más de incidencia [del acoso] en estas clases, por sus propias características”, dice Córdoba.

“Pero lo más interesante que hemos encontrado en nuestras investigaciones es que, cuando el profesor de Educación Física conoce lo que es el bullying, cuál es su dinámica, sus características, en qué consiste un esquema de dominio-sumisión o una ley del silencio, sabe a dónde mirar y puede actuar. Y hacerlo, además, en un ámbito que da mucho pie a la intervención”. Precisamente, para ayudar a los profesores a saber a dónde mirar, Córdoba y Ortega coordinaron la publicación, hace poco más de dos años, del libro Educación Física y convivencia: oportunidades y desafíos en la prevención del acoso escolar.

Chicote-Beato y González, por su parte, señalaban en su reciente artículo en The Conversation: “La propia idiosincrasia de la Educación Física facilita una mayor interacción entre los estudiantes, estableciendo un mayor contacto y relación entre ellos. Esto provoca que, según la orientación e implicación que se tenga, su práctica pueda tomar dos caminos: por una parte, aumentar la probabilidad de sufrir conductas de aislamiento, rechazo, agresión y problemas de convivencia; y por otra, mejorar la conducta prosocial de los estudiantes, favoreciendo la cohesión de grupo”. La predilección por una u otra vía parece evidente; el camino para conseguirlo que señalan los expertos, como siempre, es la atención al problema y la formación.

Fuente: elpais.com

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