La amarga herencia del ‘bullying’: así afecta el acoso escolar a la vida adulta

“Lo peor no es que me robasen la adolescencia, que desde luego lo hicieron, sino que he llegado a sentir que me habían robado la vida”. La sentencia, cruel, es de Irene, quien a su cuarentena enlaza tratamientos de psicología clínica con medicación de su psiquiatra tras superar varios intentos de suicidio. Sencillamente, no quiere estar en este mundo. No es el suyo. La vida, de hecho, se la arrebataron a sus trece años unas compañeras de colegio. La convencieron de que era gorda, fea, inferior e incluso la humillaban delante de toda la clase cada semana. No sabe si fue por una cuestión física, por el color de su pelo; quizá porque era muy retraída y no había conseguido entrar en aquel grupito… Poco importa.
Desde entonces su vida empezó a convertirse en un infierno. Lo fue entonces, cuando no entendía nada ni sabía cómo defenderse, cuando ni el colegio ni sus padres supieron lo que estaba pasando, porque ella misma se avergonzaba de su persona, ni lo fue después, cuando el daño ya estaba hecho y la había transformado para siempre. Depresión, anorexia, aislamiento, baja autoestima, dependencia emocional, violencia doméstica… Un rosario de males para los que Irene no encuentra fin. “Nunca he sido feliz. Es duro reconocerlo, pero así es”, confiesa.

Mucho se viene hablando de bullying o acoso en las escuelas, pero aún se conoce poco de la peor cara de este maltrato hacia los niños y niñas: su evolución en el tiempo y las consecuencias en la persona adulta que ha sido objeto de burla, escarnio y violencia en su infancia. Y lo mismo se puede considerar de ese menor que ha aprendido desde esa edad precoz a abusar de sus semejantes y que ha desarrollado una personalidad como maltratador que puede llegar a ser letal en edad adulta. De la misma forma que tampoco suele salir gratis haber convivido en un entorno de bullying, incluso sin haber sido ni víctima ni acosador, pero habiendo normalizado esa situación de dominio y agresión.
Los estudios que demuestran este letargo doloroso
El caso de Irene es extremo y, afortunadamente, buena parte de las víctimas de acoso y violencia durante la niñez consiguen llevar una vida aparentemente normal en edad adulta. Sin embargo, el rastro del bullying nunca desaparece del todo y se muestra en numerosos rasgos de personalidad. Según uno de los escasos informes sobre la materia realizado por la Asociación Médica de Estados Unidos, mediante entrevistas a lo largo de las últimas dos décadas a adultos que sufrieron bullying, lo protagonizaron o bien fueron testigos de esas situaciones, los problemas emocionales y de comportamiento eran notables entre quienes habían tenido alguna experiencia con el acoso escolar. Tenían, además, mayor riesgo de sufrir desórdenes psiquiátricos.
En el curso 2021-2022 un 24,4% de los alumnos de primaria y secundaria reconocían que habían sido o víctimas o testigos de casos de ‘bullying’
Quienes habían sido víctimas del bullying presentaban un mayor índice de trastornos como depresión, ansiedad, pánico y episodios de agorafobia. Por su parte, los que reconocieron haber normalizado la situación de acoso escolar tenían un ratio mucho mayor de posibilidades de caer en depresión, ansiedad, pensamientos suicidas y pánico. Finalmente, el grupo de los acosadores se caracterizaba por una elevada tasa de trastornos de personalidad antisocial, uso de sustancias tóxicas y conducta agresiva e incluso delictiva.
El problema estaba prácticamente invisibilizado hace apenas una década, pero a día de hoy tampoco se puede decir que sea una lacra del pasado y de un modelo educativo caduco. Según los datos del informe que realizan anualmente la Fundación Mutua Madrileña y la Fundación ANAR, en base a múltiples encuestas realizadas a escolares en toda España, en el curso 2021-2022 un 24,4% de los alumnos de primaria y secundaria reconocían que habían sido o víctimas o testigos de casos de bullying. Una cifra que ascendía al 34,1% antes de la pandemia y que resultaba aún mayor en cursos anteriores, ya que la conciencia del problema por parte de la comunidad educativa ha conseguido contenerlo y rebajarlo al detectar y actuar sobre los casos. La última frontera se encuentra ahora en el ciberacoso, más difuso y con un amplio alcance.

Ahora, como en el pasado, las principales víctimas son esos niñas y niñas a quienes sus compañeros ven diferentes. De ahí que el trabajo en el respeto y la normalización de la diversidad resulte esencial para combatir el bullying. “Mis compañeros, al ser gay, usaban Photoshop para desfigurar mi cuerpo y se mandaban las fotos por Instagram. Una vez incluso las proyectaron en clase. Los profesores intervinieron, pero el dolor que eso ha dejado en mí no se ha curado. Ahora hago vida normal e incluso tengo una pareja maravillosa, pero si no llega a ser por la ayuda médica no estaría aquí”, revela Pol.
“Una vez hicieron el juego del ahorcado en la pizarra de la clase, y me pintaron gorda. ¿Qué hice? Dejar de comer. Hasta que me desmayé en la entrada de un hospital al pesar 37 kg”, recuerda Irene.
Cualquier herida del pasado se puede curar, siempre y cuando llevemos a cabo el tratamiento adecuado”
Laura BlancoPsicóloga del Hospital Clínic de Barcelona
“Todos, a lo largo de nuestra vida, vamos a experimentar situaciones emocionalmente impactantes, de las cuales algunas pueden llegar a ser traumáticas. A veces no somos capaces de identificarlas o de afrontarlas y desarrollamos mecanismos de defensa que, si bien a corto plazo pueden ayudarnos a disminuir el malestar emocional, a largo plazo tienen un riesgo de desencadenar otros problemas. Cualquier herida del pasado se puede curar, siempre y cuando llevemos a cabo el tratamiento adecuado”, expone la psicóloga del Hospital Clínic de Barcelona, Laura Blanco.
“La convivencia en un entorno marcado por el abuso y el maltrato también implica, según estos estudios, la tendencia a la insensibilización ante el sufrimiento o la generación de la creencia de que la violencia es inevitable, con la implicación emocional que ello comporta en las relaciones sociales. La precocidad y procacidad sexual, en la mayoría de los casos debido a una baja autoestima y la necesidad de reconocimiento, es otro de esos rasgos indelebles del bullying en edad escolar”, revela Mark Jordan, desde la Clínica Mayo en Minnesota.
Fuente: La Vanguardia